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La Apertura de los Sellos

enero 9, 2008

I

Aunque en la simulación que propone el nombre “sello” esté curiosamente cifrada una gran parte del universo literario, un civil punto de partida es el del titubeo o la duda. Sin estar muy cierto del porqué originar una nueva escritura, a saber, un género, sé que las literaturas vuelven como el sol y las certezas.

Si la experiencia está condicionada por el recuerdo, la cruel figuración al representar aquello que se creyó vero, y que en el aquí y ahora de la presentización semeja una constelación que unir, o bien la sugerencia que planteaban las ingeniosas abstracciones infantiles al dibujar punto a punto una imagen, sin saber exactamente qué se está dibujando hasta que se acaba. El hecho es que jamás lo que se dice es lo que se dijo. La escritura pospone tal diferencia desde la aparente identidad, mas en una crítica a la semejanza, podría apreciarse que, tal como ocurre en la diferida experiencia, la escritura vaga entre múltiples realizaciones manuscritas, tendiendo violentamente a la legibilidad, a la prótesis maquinal de la inteligibilidad. Así, escribir es siempre un sobre, un sello y una huella encima de algo que se ignora a ciencia cierta. Y es que menciono ciencia, justamente por la distancia insalvable que una escritura comprometida con la intuición de tal fracaso puede suponer.

II

Supongamos que viví la Dictadura de Augusto Pinochet, y creamos también que la esquiva conciencia me era cara a la hora de cifrar dicha experiencia en su historicidad. Ahora bien, siendo chileno, si podemos creer además aquello, las situaciones que pasaré a describir tendrían que, obligatoriamente, en una recta interpretación de los fenómenos culturales, cobrar relevancia al constituirse como una alternativa lateral a la emblemática histórica que suspendió el murmullo dictatorial en este país. Primeramente niego lo anteriormente propuesto.

III

Si mal no recuerdo, vivía durante los ochenta con mis padres en la pieza que hoy ocupa mi hermano en la casa de mis abuelos. Mi padre se había negado, o bien, había visto frustrada la empresa de vivir en Mendoza, Argentina, junto a mi madre, por una misteriosa y quizás patológica negación a participar en el concepto de self made man. Esto, pues le había sido ofrecido un trabajo de aseo en Yacimientos Petrolíferos Fiscales, y al cabo de algunos meses emprendía el regreso únicamente siendo acompañado por un mote trasandino: “El mosca”. Apodo que de manera evidente nada tenía que ver con sus habilidades y aptitudes.

Ha pasado mucho tiempo desde aquellos tiempos, al punto de hacerme pensar si es que puedo llamar tiempo a algo que ya no existe, y que a duras penas logro comprender como símbolo, heráldica o seña histórica. Más allá de esto, siempre pensé que mi padre era una especie de rebelde por su inocente negación a las oficinas y a la quietud. Cuando lo soñaba se me aparecía recorriendo la ciudad, saludando a grandes hombres, a contrahechos y delincuentes. También lo veía (y esto, de la misma manera que lo anterior, también en la realidad) practicando la devoción por la chanza y el escarnio a sujetos desconocidos y que por alguna razón nunca quise conocer. Así era el padre que recuerdo: ladino, ágil y con una capacidad infalible para entablar una conversación con cualquier persona en cualquier lugar. Platicar y burlarse de los demás eran sus fascinaciones; igualmente el cigarrillo y la calle. Estoy seguro que no olvidará su gusto por las caminatas y por la televisión, por el arroz y la grosería. Mas no era la rebeldía ni la graciosa condición de sus cejas al arquearse conteniendo la risa, lo que ha sido preservado. Hoy mi judío padre atraído por el febril magnetismo de los bajos metales de la moneda, oscila entre la taxonomía de papeles y óbolos, y la trascripción, suma y escritura de cuadernos que registran lo perdido y lo ganado en el negocio, a saber, todo lo que no permanece. Por lo mismo, pensar en que el tiempo es dinámico, está directamente ligado a distinguir el tiempo de la historia; esto, pues imposible es recordar el tiempo: recordamos aquello que ha pasado, que no volverá y que no constituye existencia. Por el contrario, devenimos tiempo al imaginar o hacer imaginal, es decir, respectivamente, sobreponernos al tiempo (escribirnos sobre él), o directamente hacernos del tiempo bajo nuestros ciclos internos. Particularizar o generalizar lo particular, son antiguas posibilidades de la especulación. Antiguas, al punto de ser innegablemente un capítulo en cualquier libro o escritura de nuestra historia, nuestro hollante paso por la materia suspensa. Ante esto, he de recordar un episodio al que voluntariamente vuelvo por variados motivos: la turbación de un simulacro perfecto de aquel tiempo (imaginal) y la extraña carga que tiene para mí ese evento en que mi padre está por sobre toda objetividad temporal (imaginativa).

IV

Hablar de un evento es hablar de una sucesión de eventos, de un tejido, un espasmo conducido, un axón mielinizado transmitiendo información, así como una compleja arquitectura de ecos sin voz primera. Y aunque suene peregrino, hasta los menores fenómenos, los más secretos, son repetidos como la cuerda de una guitarra repite hasta que dejamos de oír, la nota. Hasta que dejamos de oír, cuando comienza el misterio.

Que sea múltiple un evento no impide que siempre sea uno y que lo podamos llamar como uno. El que referiré inmediatamente estaba situado en los pequeños supermercados de Santiago de Chile en la década de los ochenta. Así, mientras algunos familiares acomodados buscaban ratones en las dependencias de la marca Agas, otros cuestionaban en Multiahorro la validez del mito avícola que servía de cosmogonía para el universo monetario creado por Francisco Javier Errázuriz. Pero aun en esos días había gente más preocupada de sus hijos, de recoger la basura, de regar el pasto, y mi madre era partidaria de aquellas anodinas vocaciones.

Dialécticos suspensos, como todo matrimonio que vive en la casa de los padres del esposo, considerando la breve inteligencia y los pocos modales de dichos políticos familiares, extraña vez iba con ambos padres al supermercado. Incluso, tengo la impresión que la familia de mi padre fue mi plural Virgilio en el descenso a tal umbrío destino; siendo, como dije, dos eventos los centrales en mi aprendizaje primero.

Iba un día con mi padre, madre, tías y abuela al supermercado a comprar no sé qué paparruchada como excusa para salir a caminar y tomar el fresco veraniego, cuando a mi madre se le ocurrió separarse del grupo para ir a buscar algo que posiblemente necesitaría yo más tarde. Avisado como pocas veces, mi padre haciendo ademán de cordialidad la siguió tomándome en brazos. Perdidos entre pasillos más cortos que aseados, condenados a la persecución de un guardia encubierto, un sapo cualquiera pagado por los usureros del supermercado veía cómo mi madre escogía entre picados, colados y un vasto universo de materias deshechas o previamente hechas para mi pobreza digestiva. A veces miraba a mi padre, y en menor cantidad, había veces en que lo seguía para ver qué cosas gustaba de mirar. Ese fue uno de esos días excepcionales, pues habiéndolo acompañado sin que se diera cuenta, reparé en que iba y volvía entre dos góndolas, la de los dulces y la de los salados. Confites, galletas, papas fritas, chocolates, frituras varias y variadas melcochas pasaban por sus ojos que, reflejados en la inexperiencia de los míos, aparecían metódicos e instruidos en una espera felina. ¿Qué esperaba o buscaba mi padre? Sólo sus manos pudieron decírmelo, pues cuando hubo cifrado su silenciosa ciencia en un objetivo específico, a saber, deliciosos bombones finos Serrano, vi con incredulidad cómo con un preciso y despreocupado gesto, rompía su envoltorio por un oculto lado, sacando sólo tres bombones, a vista y paciencia del guardia y del sapo. Depositó uno en mi mano, me tomó de la otra y fuimos donde mi madre a entregarle el tercero para ir a pagar lo que ella había elegido.

Luego de esto, atento a las góndolas, cada vez que iba al supermercado buscaba paquetes abiertos y sacaba con mesura los que me fueran necesarios para el deleite. A veces iba con más gente y alardeaba regalándoles diferentes comestibles sin ningún costo. Y así fui aprendiendo a encontrar, y cuando no encontraba a abrir. Pero como todo asunto limítrofe, el ingenioso ingeniero debe conocer las posibilidades de su oficio, asunto que no comprendí hasta que fui atrapado por los guardias de un suntuoso supermercado en la precordillera de la ciudad, por sustraer chocolates extranjeros. Del primer evento había pasado más de una década.

Volvamos a aquel día. Cuando dábamos la vuelta por el pasillo con la mercadería para encontrarnos con mi abuela y mis tías, ellas ya estaban en la cola de la caja, por lo que nosotros aprovechamos de dar una última mirada a algún capricho que pudiera pedir yo, para luego de un momento volver, y encontrarnos, no sin el justo horror, de ver cómo el guardia que había ignorado el robo de mi padre ahora metía sus manos enguantadas y femeninas en el femenino abrigo de mi abuela, sacando carne, queso, jamón y otras materias de alta procedencia. No olvidaré ni el rostro de mi padre ni el de mi madre frente a tal humillación. Alguna veces me habían humillado por ser chileno, otras por ser argentino, algunas por no tener dinero, por vivir en una casa que se caía a pedazos y por ser pobre, otras por tener el cabello y los ojos de otro color, mas nunca había sentido enemistad alguna con la Ley. Y es que hasta ese momento yo creí que las bíblicas leyes estaban coordinadas con las humanas, y que las últimas eran ecos de las primeras. Hasta ese día, pues comprendí lo incorrecto que podía implicar el robo en cualquier lugar, que lo incomprensible estaba en que no hubieran hecho nada contra mi padre, y más allá de eso, lo hermoso que ese gesto comprendía: la paz y la arrogancia de lo que no puede ser previsto, como las fintas y amagues con la pelota, un sucedáneo pero verdadero movimiento angélico.

Olvidada la reacción de mis padres ante tal espectáculo, intuyo que mi padre algo debe haber conversado con los guardias para disminuir la tensión, pagando lo robado, pero no es esto lo importante. Tampoco lo es el detalle de ambas situaciones, ni si efectivamente ocurrieron un mismo día como a mí me hubiera gustado que pasara. De hecho, la fijación en tales eventos quizás nada tiene que ver con mi historia personal, más que el pequeño gesto utópico que creí descubrir en mi padre, y que aún me conmueve como una pequeña luz al final del tedio. Pero no, creo que luego de haber pensado un tiempo razonable el asunto, lo intensamente relevante es la desaparición de esa feliz costumbre de abrir los paquetes en el supermercado. Algo que para mí no fue más que una bravata infantil, pienso hoy que puede ser uno de los puntos más contradictorios en la escritura legal. Esto, pues si bien como a mis bastos familiares, a otros tantos son aplicados los rigores del vejamen, tales prácticas no son nuevas ni perturbadoras. Planteada la pregunta, sería ¿por qué alguien dejaría robar algo a alguien si el robar es contrario a la Ley? Más aún, cómo ha seguido dándose el robo en esos y otros lugares, es una pregunta que la seguridad pública trata de responder con pírricos aciertos.

Si hubo un tiempo en que era garantía de felicidad, de consumo, el granjearse unas migajas para generar una relación en que el compartir era basal, el silenciamiento y la negación actuales, no dejan de ser paradójicos a los fines del empresariado y el tráfago monetario. Sí, hubo un tiempo en que aquel gesto no tenía nombre aunque todos lo sabían, y también era tiempo de robo, pero ¿qué ocurre cuando a ese fenómeno se lo nombra y radicaliza, se lo borra de la felicidad política, de la comunidad y su natural contacto? Han motejado a estos robos, robos hormiga, y como lo comenté anteriormente, mi padre es quien me enseñó a robar, a apodar y a ver televisión. Recordándolo a él ahora en la vereda del frente, como un pequeño Astier que acabó Balder, me pregunto ¿dónde llevan las hormigas lo que roban? , ¿para qué tipo de escasez guardan?, y ¿qué clase de imperio subterráneo están construyendo en silencio bajo el grandilocuente y cenital imperio de las cigarras?

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